Aunque no soy aficionado de ninguno de los dos equipos, tuve la oportunidad de presenciar el partido entre Monarcas Morelia y las cada vez más desmoranadas Chivas del Guadalajara. El Estadio Morelos es precioso, muy provinciano. Y el fondo espectacular que ofrece el Cerro del Quinceo lo hace lucir sobremanera.
El coloso retumba y el apoyo al equipo local no cesa en todo momento. Y también me gustó mucho que allá aún no se argentiniza la afición, es decir, solo hay una barra, pero no hay exceso de cánticos, ni nada de esas cosas que poco tienen que ver con la idiosincracia mexicana. Aún se estila la tradicional porra: “A la bio, a la bao, a la sim bom bá.. Morelia, Morelia… rá, rá, rá”. Y eso me robó el corazón porque aún prevalece el espíritu mexicano
El estadio además está tan bien diseñado que casi de cualquier rincón se garantiza una vista atractiva y completa del juego. y uno se siente cerca de los jugadores. Contrario a lo que sucede por ejemplo, en Ciudad Universitaria, en el Estadio Olímpico, donde los jugadores se ven muy lejanos y aún más con la pista de tartán.
Su nombre oficial, es el de “Estadio Generalísimo José María Morelos y Pavón”, fue inaugurado el 9 de abril de 1989 y tiene capacidad para 41 mil espectadores.
En un recorrido, el día anterior por la ciudad, pude percibir que difícilmente hay aficionados a otros equipos en esta ciudad. Todos son Monarcas de pura cepa. Y eso también me parece plausible.
Ojalá el lector pueda luego visitar este bello Estadio. Y también conocer la ciudad, que es hermosa, colonial. Sus principales símbolos: la catedral, el acueducto y la fuente de las tarascas. Y obviamente, su equipo de futbol y su estadio.
Indispensable además tomarse una charanda, que como terciopelo acaricia la garganta (claro, cuando es de buena calidad) y en el Estadio, acompañar la euforia futbolera con una buena torta de carnitas morelianas y una cerveza helada, para el calor.

















